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Qué son las terapias de conversión y por qué Europa vuelve a poner el tema sobre la mesa

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A partir de testimonios como el de Garrard Conley, autor de Boy Erased, y casos como el de Leelah Alcorn, la discusión sobre las terapias de conversión vuelve al centro del debate internacional. El Parlamento Europeo ya respaldó avanzar hacia una prohibición en toda la Unión Europea. Pero antes de hablar de leyes, vale la pena detenerse en una pregunta más íntima: qué ocurre cuando a una persona se le dice que debe dejar de ser quien es para poder ser amada.

Garrard Conley tenía 19 años cuando entró a un programa diseñado para ayudarlo a dejar de ser gay. Sus padres, profundamente religiosos, no pensaban que estaban haciéndole daño. Como muchas familias que llegan a esos lugares, creían estar buscando una salida: una forma de evitarle sufrimiento, de ordenar una crisis, de devolver las cosas a un sitio que les resultara reconocible. Conley, sin embargo, no había llegado ahí para sanar una herida propia, sino para calmar el miedo de los demás.

Años después, contó esa experiencia en Boy Erased, el libro autobiográfico que luego fue llevado al cine. Su historia se volvió conocida porque no describía una violencia espectacular, sino algo quizá más difícil de mirar: una maquinaria silenciosa, disciplinada, casi burocrática, dedicada a convencer a una persona joven de que su deseo era una equivocación. En esos espacios, la vida íntima deja de pertenecerle a quien la vive. Los recuerdos, la fe, la familia, el cuerpo y hasta los gestos cotidianos son examinados como pistas de una falla que alguien promete corregir.

Eso son las llamadas terapias de conversión: prácticas que intentan modificar, reprimir o negar la orientación sexual, la identidad de género o la expresión de género de una persona. Pueden presentarse como consejería religiosa, acompañamiento familiar, intervención psicológica, retiro espiritual o programa de restauración. Rara vez se anuncian como violencia. Suelen llegar con un lenguaje amable, incluso preocupado, y tal vez por eso han sobrevivido tanto tiempo: porque muchas veces no se ofrecen como castigo, sino como ayuda.

Pero la ayuda, cuando exige que alguien desaparezca por dentro, deja de ser ayuda.

Los testimonios de sobrevivientes suelen coincidir en algo: el daño no siempre ocurre en una sola escena. No siempre hay una puerta cerrada, una amenaza explícita o un castigo visible. A veces es una acumulación de frases, de silencios, de preguntas dirigidas, de miradas familiares, de oraciones cargadas de culpa. Se le dice a una persona que su deseo es una herida, que su identidad es confusión, que su manera de existir avergüenza a quienes la aman. Con el tiempo, esa presión puede volverse una voz interna, una forma de vigilancia que ya no necesita a nadie afuera para seguir funcionando.

Leelah Alcorn tenía 17 años cuando murió por suicidio en Ohio, en 2014. Era una adolescente trans que había enfrentado rechazo familiar y fue enviada a terapia religiosa para negar su identidad de género. Su caso recorrió el mundo porque condensó una tragedia que muchas personas trans habían intentado explicar durante años: cuando una familia interpreta la identidad de una hija como un problema, puede terminar dejándola sola justo cuando más necesita compañía.

La historia de Leelah no volvió importante el tema; lo hizo imposible de ignorar.

Durante décadas, organizaciones y líderes religiosos promovieron la promesa de que una persona podía cambiar su orientación sexual. Exodus International, una de las organizaciones “exgay” más influyentes de Estados Unidos, sostuvo esa idea durante años hasta que cerró en 2013. Su propio presidente, Alan Chambers, pidió disculpas públicamente por el daño causado. El cierre fue simbólico no porque reparara lo ocurrido, sino porque mostró que incluso desde dentro de esos movimientos empezó a desmoronarse una promesa: la idea de que la diversidad podía corregirse con suficiente disciplina, fe o obediencia.

La ciencia llegó antes a esa conclusión. Las principales organizaciones de salud mental han rechazado estas prácticas porque no existe evidencia de que puedan cambiar de manera segura la orientación sexual o la identidad de género de una persona. En cambio, sí se han documentado consecuencias como ansiedad, depresión, aislamiento, culpa persistente, estrés postraumático y mayor riesgo suicida. El sufrimiento, en estos casos, no nace de ser LGBT+, sino de crecer en entornos que convierten esa realidad en una amenaza.

Por eso la discusión actual en Europa importa. El Parlamento Europeo respaldó una iniciativa para avanzar hacia la prohibición de las terapias de conversión en toda la Unión Europea, después de una petición ciudadana que reunió más de 1.2 millones de firmas. La votación todavía no significa que exista una ley definitiva para todos los países miembros, pero sí representa una señal política relevante: estas prácticas ya no pueden seguir escondiéndose bajo el lenguaje de la libertad familiar, religiosa o terapéutica.

México también forma parte de esta conversación. Las ECOSIG —Esfuerzos para Corregir la Orientación Sexual y la Identidad de Género— ya fueron prohibidas a nivel federal, reconociendo que ningún acompañamiento psicológico, espiritual o familiar debe tener como propósito borrar la orientación sexual o identidad de género de una persona. La prohibición no cancela la posibilidad de buscar ayuda; al contrario, obliga a distinguir entre acompañar a alguien y empujarlo hacia una versión de sí mismo diseñada para tranquilizar a otros.

Quizá esa sea la línea más importante. Una terapia puede ayudar a una persona a entender su miedo, su ansiedad, su historia familiar, su fe o su relación con el rechazo. Lo que no puede hacer es convertir su identidad en el diagnóstico.

Las terapias de conversión no siempre llegan con ese nombre. A veces aparecen como una recomendación, una oración, una consulta, un consejo de familia, una promesa de que todo será más fácil. Y quizá por eso es necesario hablar de ellas no solo desde la ley, sino desde la vida cotidiana. Porque una práctica puede ser prohibida en un código penal y, aun así, seguir existiendo como presión doméstica, como chantaje emocional, como vergüenza aprendida.

La pregunta, entonces, no es únicamente si Europa logrará prohibirlas. La pregunta es cuánto tiempo más necesitaremos para entender que muchas personas no llegan heridas por ser LGBT+, sino por haber pasado años escuchando que debían dejar de serlo.

Y eso, aunque se pronuncie con ternura, aunque venga de una familia asustada, aunque use palabras religiosas o clínicas, no es cuidado. Es una forma lenta de borramiento.