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Testimonios

La tercera vez que salí del clóset

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La funeraria olía a café recalentado y a las flores dulzonas que habían colocado alrededor del ataúd.

Eran tantas que apenas podía verse la fotografía de mi padre. Serio, de traje oscuro y con una mano apoyada sobre el hombro de mi madre.

Julián estaba sentado al fondo de la sala, junto a la máquina de refrescos. Llevaba la camisa azul que le regalé en nuestro décimo aniversario y sostenía entre las manos un vaso de unicel que no había probado en toda la tarde.

—Nada más mientras llega la familia —le dije al entrar.

No me preguntó cuál familia. Después de once años juntos, Julián sabía que esa palabra nunca lo incluía.

Cada vez que nuestras miradas se cruzaban, yo encontraba alguna razón para mirar hacia otra parte: un arreglo floral, la puerta, las coronas enviadas por personas que mi padre seguramente tampoco recordaba.

Me acerqué dos veces al ataúd.
En ninguna pude llorar.

Mi tía Mercedes llegó casi a las seis. Besó a mi madre, se persignó frente al cuerpo y luego me abrazó con tanta fuerza que por un momento sentí que quería comprobar si yo seguía entero.

—Tu papá te quería mucho —me dijo.

Asentí.

Era lo que todos repetían desde la mañana.

Tu papá te quería mucho.

Como si el amor pudiera medirse cuando alguien ya no estaba para desmentirlo.

Mi tía se quedó a mi lado mirando a los asistentes. De pronto señaló discretamente hacia el fondo.

—¿Y ese muchacho?

No necesitaba voltear.

—¿Cuál?

—El de azul. No te ha quitado los ojos de encima.

Sentí un golpe pequeño en el pecho. No de miedo exactamente. Era más bien esa alarma antigua que se enciende cuando uno escucha una pregunta cuya respuesta lleva años evitando.

—Es Julián.

—¿Amigo tuyo?

La palabra apareció de inmediato, perfectamente ensayada.

Sí.

Solo tenía que decir sí.

Lo había hecho frente a mis compañeros de trabajo, ante los vecinos, en las reuniones familiares y durante cada Navidad en la que Julián cenó con nosotros sentado en la esquina de la mesa.

“Mi amigo Julián”.
“Mi compañero de departamento”.
“El muchacho con el que comparto los gastos”.

Mi padre nunca preguntó por qué compartíamos también la habitación.

Miré hacia el ataúd.

Recordé la última conversación que tuve con él. Había sido tres días antes, por teléfono. Me llamó para decirme que la presión se le había subido otra vez. Antes de colgar guardó silencio durante unos segundos.

—Salúdame a Julián —dijo.

Nada más.

Yo había esperado algo después de su nombre: una pregunta, un reclamo, cualquier palabra que nos sacara por fin de aquel acuerdo de silencio. Pero él se despidió y yo tampoco tuve el valor de detenerlo.

Ahora estaba muerto.

Mi tía seguía esperando la respuesta.

—No —dije.

—¿No qué?

—No es mi amigo.

Atravesé la sala antes de poder arrepentirme. Algunas personas levantaron la mirada cuando pasé frente al ataúd. Julián me observó acercarme y dejó el vaso sobre el piso.

—¿Está todo bien? —preguntó.

Me senté junto a él.

No lo abracé. No le tomé la mano. Todavía no era tan valiente. Pero tampoco regresé al lugar que había ocupado durante toda la tarde, al lado de mi madre y lejos de él.

—Mi tía preguntó quién eres.

Julián bajó la mirada.

—¿Y qué le dijiste?

Detrás de nosotros se escuchaban murmullos, cucharitas chocando contra vasos y el llanto intermitente de una prima. Mi padre permanecía a unos metros, rodeado de flores, mientras yo intentaba pronunciar una palabra que había guardado durante once años.

—Le dije que no eres mi amigo.

Julián levantó la cabeza. En sus ojos apareció algo parecido al dolor.

Entonces respiré profundamente.

—Le dije que eres mi esposo.

No sonrió. Yo tampoco.

Solo acercó su pierna a la mía hasta que nuestras rodillas se tocaron.

Fue un gesto pequeño, casi invisible. Pero en aquella sala llena de personas que conocían mi vida sin conocerme a mí, me pareció que acabábamos de abrir una puerta enorme.