Alejandra quiso morir cinco veces. Hoy ama estar viva.
A Alejandra la conocemos por su trabajo voluntario en CREO Reynosa y por acompañarnos en distintas campañas de prevención y detección de VIH.
Pero este 10 de septiembre, Día Mundial para la Prevención del Suicidio, quisimos escuchar otra parte de su historia.
Alejandra sobrevivió a cinco intentos de suicidio. El primero fue a los 16 años. El último, a los 35.
Hoy habla de lo que pasó antes, de lo que cambió después y de por qué ahora dice que seguir aquí es un honor.
Ale, hoy es 10 de septiembre de 2026, Día Mundial para la Prevención del Suicidio. Viendo aquel día desde la distancia, desde un presente tan distinto para ti, ¿qué significa hoy esta fecha?
Alejandra: Así es, hoy es 10 de septiembre. Trato de vivirlo como debe de ser, hablando, llevando un mensaje. Desde hace tres años yo decidí no volver a desuscribirme de la vida, y cada 10 de septiembre procuro hacer algo alusivo a la prevención del suicidio.
Siempre va a haber alguien que me pregunte cómo estoy, qué necesito, si estoy bien, y eso se valora mucho, porque la última vez que yo intenté autoarrebatarme la vida me di cuenta de que le iba a hacer daño a muchas personas.
Que sea algo valorado, que sea algo que realmente ayude a las demás personas.
¿Cuántas veces fueron? ¿Recuerdas cada una de las veces?
Alejandra: Las recuerdo. Fueron cinco veces. La primera fue a mis 16 años y la última, a mis 35 años.
Cuando piensas en esa Alejandra de 16 años, ¿qué estaba pasando en su vida? ¿Qué recuerdas de cómo se sentía?
Alejandra: No es difícil, pero es triste acordarme de ella, porque la vivía de malas, enojada, resentida con el mundo, porque pasó por mucho y… no sé.
Quisiera poder ir hacia atrás y decirle: “Vas a salir de todo esto. Te va a costar mucho dolor, muchas lágrimas. Vas a querer no estar en este mundo muchas veces, pero vas a salir adelante y vas a tener a los mejores seres humanos a un lado tuyo, levantándote”.
Eso le diría. Y te vuelvo a repetir, es un puntito difícil de recordar porque esa Alejandra sufrió mucho.
Cuando dices que esa Alejandra pasó por mucho, ¿qué estaba pasando en su vida en ese momento?
Alejandra: La adolescencia, que es muy difícil. Vengo de una familia totalmente disfuncional, donde no era como que el pan diario, pero había golpes cuando mamá reclamaba a papá. Había un papá ausente.
Mi salida, mi escape, era salir de mi casa e irme a vagar. Reprobé la preparatoria, me metí a trabajar. La estaba pasando muy mal esa chica, por muchas cosas.
Recuerdo un momento, antes de salirme de la preparatoria, en el que mi mamá me levantó de una cachetada y me dijo: “Tu papá me pegó por tu culpa”. Y yo estaba dormida, yo sin saber ni qué rollo.
Fue el acumulamiento de tantas cosas que yo dije: “Ya. O sea, no puedo más, no puedo con esto”.
Y hubo un pleito muy grande en el que mi mamá se me dejó venir a los golpes. Yo, por defenderme, le agarraba las manos y sí, en mi rabia le aventé un golpe. Mis hermanos, mi hermana y mi hermano, se dejaron venir sobre mí para agarrarme, porque todo lo que llevaba adentro pues me volvía muy violenta y no me importaban las consecuencias.
Y fue ahí donde pasa mi primer intento, con pastillas, en la casa de mis papás. Siempre han mantenido muchas pastillas de todo. Cualquier padecimiento, pastillas; cualquier cosa, pastillas. O sea, había toda una farmacia en mi casa.
Yo empecé a agarrar pastillas de cada bote y ahí fue donde Alejandra hace el primer intento de suicidio. Le sale mal porque no estaba acostumbrada a tantas cantidades de medicamentos y terminé vomitando.
Sé que después tu camino fue distinto y que más adelante sí hubo otros tipos de apoyo, pero en ese primer intento, cuando tenías 16 años, ¿recibiste ayuda? ¿Hubo empatía, contención o alguien que realmente entendiera lo que te estaba pasando?
Alejandra: Como tal, que me dijeran “te entiendo”, no. Me dijeron: “Te vamos a llevar porque estás loca”, ¿no?
Y me llevan con una psicóloga al centro de salud que se llama Maximiliano Dorantes. Ella me dice: “¿Sabes por qué estás aquí?”. Y yo le digo que sí. Le digo: “Pasó esta situación en mi casa. Mi mamá se me deja venir a los golpes, yo le contesto también con golpes y mis hermanos me tuvieron que contener porque, si no, iba a pasar algo más”.
Y ella me empezó a preguntar: “¿Cómo ha sido tu vida hasta ahorita?”. Y yo le dije: “Yo no me siento bien, yo me siento mal. Yo sé que desde siempre he sido así. Desde muy chiquita era muy contestona, me le pongo mucho al tú por tú a los maestros y cosas así, ¿no?”.
Me dice: “¿Cómo es la interacción con tu familia?”. Y yo le digo: “Mire, pues mi mamá siempre nos ha dicho que mi papá tiene otra familia. Ella busca cómo sacar siempre ese tema. Mi papá no es un papá que esté al cien por ciento con nosotros. Yo tengo papá de tal hora a tal hora, tales días, y nunca nos dirige la palabra. Simple y llanamente llega, pregunta qué hicimos. Si nos portamos mal, nos pegaba, nos regañaba; si salíamos mal con calificaciones, nos regañaba. Y se salía al patio a fumar, a leer y ya. Esa era toda la interacción de papá. Nunca nos faltó nada, pero pues no había una relación”.
Entonces me dice: “Ah, ok”. Y después: “Vamos a dejar entrar a tu mamá”. Y yo: “Sí, sí, ya está bien”.
Entra mi mamá y lo primero que dice es: “¿Qué tan loca está?”.
La psicóloga se la quedó viendo. Habla con ella y le dice: “Su hija es una persona muy lúcida. Su hija entiende que está mal, pero también entiende quiénes le hacen daño. Y, señora, ustedes necesitan una terapia porque ustedes les están haciendo daño a sus hijos”.
Nunca jamás en la vida volvió a ir al psicólogo por el comentario que hizo la psicóloga.
Yo hice terapia hace tres años y me metí de lleno porque yo me sentía muy comprometida, porque yo quería ya no volver a sentir toda esa rabia, todo ese enojo, todo el coraje.
Y fue muy curioso porque hasta mi familia empezó a tomar terapia.
De esos años que siguieron, antes de llegar a la última vez, ¿hay algún momento que recuerdes con mucha claridad, una escena, un día, algo que hoy digas “ahí ya no estaba bien”?
Alejandra: Obviamente, yo nunca estuve bien hasta hace poco, realmente. Yo quería salir corriendo del lugar en donde estaba porque era difícil vivir con ese tipo de problemas, el que te corrieran a cada rato de la casa por contestona, por rebelde.
Entonces yo dije: “Me embarazo”. Y yo me embaracé con tal de salirme de mi casa y no me salió.
Y antes de eso, el estar con varias personas era un desahogo para mí. El emborracharme… nunca usé drogas, pero necesitaba estar borracha para yo meterme con alguien. Y eso era del diario, del diario, porque yo ya no soportaba todo eso. Yo decía: “Ya, ya no puedo más con todo esto. No puedo cargar siempre con todo esto”. Erróneamente, lo cargaba.
Y ese fue como mi punto más bajo, donde mis demonios se conocieron y explotó. Explotó el hecho de que yo no viera ni con quién estaba, ¿sabes? Que no me importara arriesgarme, porque era tener relaciones sin protección, sin cuidarme. O sea, yo me sentía una basurita, ¿sabes?
Y lo veo, tengo flashbacks en este momento, y qué terror es haber estado ahí. Qué miedo volver a caer ahí.
No sabes cómo quiero abrazar a esa Alejandra.
Escuchándote, parece que antes de llegar a un intento ya había otras maneras de lastimarte o de ponerte en riesgo. ¿Tú hoy lo ves así? ¿Sientes que esas conductas y el impulso de morir venían del mismo dolor?
Alejandra: Sí. Todo eso vino del mismo dolor, de un trauma, de un abuso que yo en su momento no sabía que era un abuso. Pero con el paso del tiempo, y de platicarlo con mi terapeuta, ella me explicó que eso era un abuso y que por eso desarrollé todo ese malestar, todo eso que me pesaba, que me dolía.
Y sí, obviamente yo me lastimaba. Yo agarraba las laminitas de los lápices amarillos, les quitaba la goma y, con el filito que quedaba, me lo pasaba entre las piernas, en la ingle.
En la prepa, si alguien me decía: “Oye, estás muy bonita”, o “Qué simpática te ves”, o cosas así, al día siguiente yo llegaba aruñada de la cara.
A mí no me gustaba que me dijeran que soy bonita. Hasta el sol de hoy no me gusta. No me siento cómoda recibiendo halagos. Los acepto, hago una carita como de “gracias”, pero no me gusta, porque siento que aún hay esa fealdad de todo el daño que me hicieron, de todo lo que pasé. Siento que en algún lugar de mí está y que se mira, ¿sabes? Es una inseguridad.
Aunque yo a veces me siento toda una diosa, todavía hay ese puntito donde digo: “En mí está toda esa fealdad, en mí está todo ese dolor, todo ese sufrimiento”.
Y sí, creo que ese es como mi método de bajarme de la nube y decir: “No, tú no estás bien”. Porque sí, a veces todavía sientes como que tienes el autosaboteo de decir que no estás bien, aunque lo estés.
Fueron cinco intentos a lo largo de muchos años. ¿Qué pasó en ese último que hizo que, después de todo lo anterior, realmente fuera el último?
Alejandra: Bueno, pues este último fue hace tres años, un poquito más de tres años. Estaba pasando por una depresión horrible. Estaba en una relación muy tóxica, vivía sola y, viviendo sola, tuve demasiado tiempo para empezar a tener pensamientos que hacía mucho tiempo no tenía.
Se me vinieron a la mente muchos flashbacks de cosas que yo no me acordaba que me habían pasado. Fue un cúmulo de cosas muy feas, cosas que no sé si, por autoprotegerme, mi mente las borró y de un momento a otro aparecieron.
Más mi relación tóxica, más que me habían liquidado del trabajo, más problemas, más distancia con mi familia… Todo fue un cúmulo y un cúmulo, y exploté.
Recuerdo que fue un 11 de febrero en el que yo dije: “Ya no puedo más”. Y dije: “Voy a hablarle a mi familia. Si no me contestan, pues lo hago”.
Y no me contestaron.
Fui hacia la cocina, tomé un cuchillo y yo estaba muy mal. Suena mi teléfono y era mi papá devolviéndome la llamada. Me dice: “¿Qué tienes?”.
Y yo: “Ya no quiero estar aquí. Estoy cansada, estoy agotada, todo me duele. Ya no quiero estar aquí. Ya no quiero, ya no puedo, ya no… ya. Su hija ya no puede”.
Y fue la primera vez que yo escuché llorar a mi papá, pedirme que no lo hiciera. Escucharlo mal como que me devolvió a la realidad.
Él me dijo: “Estate tranquila, yo te voy a mandar dinero y te vas”, para donde yo soy.
Y sí, me voy y empiezo terapia. Empiezo terapia con mi doctora, con mi terapeuta. Como ya te había comentado, eran de dos a tres sesiones a la semana, de más de cuatro horas.
Y ahí empecé a sacar todo. Ahí empecé a liberarme. Ahí empecé a aprender ejercicios y técnicas de relajación, de respiración. Ahí entendí que no era mi culpa todo lo que había pasado, que yo no tenía por qué sentirme culpable por lo que se vivía alrededor mío. Simple y llanamente, yo fui un daño colateral de todo eso que estaba pasando.
Afortunadamente encuentro un trabajo, pero tenía que regresarme otra vez aquí, a Reynosa. Y me dijo: “Estás bien. Estás logrando lo que nadie ha logrado en muy poco tiempo”.
Vi a mis hijos. Ellos vieron que llegó una mamá mal, una mamá que no era ni polvo de la que se había ido. Y la mamá que ellos vieron irse otra vez era una mamá sonriente, una mamá tranquila, una mamá feliz, una mamá que ellos nunca jamás en la vida habían visto.
Y es eso lo que mueve tantas cosas dentro de mí.
Que sí, realmente puedo estar bien, que puedo estar tranquila, que sí soy una persona feliz, que sí soy una persona alegre. Que si yo estoy tranquila, lo que esté alrededor mío va a sentir esa tranquilidad y va a estar bien también.
Me alegra que a veces personas se me acerquen y me digan: “Es que contigo me siento bien, contigo me siento tranquilo, me siento en paz. Te puedo contar lo que sea y sé que no me vas a juzgar; al contrario, me vas a dar una palabra de aliento, me vas a brindar una ayuda”.
Porque eso era lo que yo hubiese querido que pasara en mí cuando yo me encontraba en el hoyo, cuando yo no sabía ni quién era, cuando yo no sabía todo lo que sé ahora.
Es difícil, cuesta mucho tiempo, cuesta mucho trabajo. Vas a intentar no querer salir del hoyo, pero lo vas a hacer.
Y me siento bien. Y te vuelvo a repetir, sí, quizá a veces, de vez en cuando, entra otra vez el gusanito de: “Te estás apagando, vas a volver a todo eso”.
Y digo: “No. No”.
No porque me costó mucho trabajo salir. No porque yo estoy viendo el reflejo de lo que soy ahora, con todo lo nuevo que estoy haciendo, con la relación que llevo ahora con mis hijos, con la relación que llevo con las nuevas personas que estoy conociendo, con las personas que ya habían estado en mi vida.
O sea, yo veo que todo es diferente y que sí puede ser diferente. Y porque amo mi vida.
Yo sé que si yo no existiera quizá el mundo sería igual o peor. Pero yo decido que sea mejor.




Justo hoy estaba viendo una campaña que se llama La última foto. Parte de algo muy fuerte: muchas veces imaginamos que una persona que está pensando en suicidarse necesariamente va a verse triste, aislada o evidentemente mal, pero hay últimas fotografías en las que vemos personas sonriendo, conviviendo, aparentemente bien. Pensando en ti, y sobre todo en ese último intento, ¿había señales que hoy sí puedes reconocer? ¿Las podían ver los demás o eran cosas que solamente estaban pasando dentro de ti?
Alejandra: Estaba buscando fotos de días antes de que lo intentara por última vez y tiene tiempo que yo no miraba esas fotos. Y sí, me veía muy mal, pero también tengo fotos donde todavía salgo a una comida con un amiguito y no te das cuenta de que yo la estoy pasando nada bien.
Y sí da miedo, sí da miedo, porque tú puedes decir: “Ay, esa chica tiene la vida resuelta”, y no. No, no, no.
Y si me permites, me gustaría enviártelas porque, igual a como lo acabas de leer con la psicóloga, no soy ni la mitad de lo que en ese momento era. O sea, me veía muy mal cuando ella me vio. Sí, yo estaba muy mal.
Pero te vuelvo a repetir, salí a una comida y no parecía que yo tuviera algún problema.
Entonces, si desde fuera muchas veces no se veía, ¿qué señales sí estaban ocurriendo dentro de ti? Hoy, con lo que sabes, ¿qué cosas de aquellos días reconocerías como una alerta de que estabas acercándote otra vez a ese punto?
Alejandra: Sí, ya logro reconocer si en algún momento estoy entrando en una depresión, si en algún momento me estoy yendo como que hacia abajo. Sí lo sé reconocer.
Y de inmediato es cuando yo comienzo a hacer mis técnicas, o a salir de casa, hacer algo nuevo, cualquier cosa.
¿Y qué es lo primero que notas en ti? ¿Qué cambia en Alejandra para que digas “ojo, me estoy empezando a ir hacia abajo”?
Alejandra: Me pongo muy callada, o sea, en todo aspecto. No contesto mensajes, no tengo estados de WhatsApp ni de Facebook, no contesto llamadas, no salgo para absolutamente nada de mi casa. Es ahí cuando me doy cuenta de que algo está pasando.
Son como que detalles, ¿sabes? El no quererme levantar de la cama para bañarme, el decir: “Ay, voy a dormir”, y dormir todo el día sin bañarte, sin comer, sin absolutamente nada.
Ahí es cuando yo digo: “A ver, un día está bien porque, no sé, cansancio social de ver gente”. Hasta ahí lo entiendo. Pero cuando yo digo: “Es un día, pues está bien, pero dos, tres, no. Aquí ya está pasando algo y esta no soy yo”.
Así que me salgo. Me obligo a salir, a ir a la placita que está aquí cerca de mi casa. No sé, o me camino más para el Guajardo, o veo qué hago. Le digo a algún conocido: “Hey, te voy a ir a ver. Tengo ganas de un cafecito y un pastel, ¿cómo ves?”. Cosas así, ¿sabes?
Entonces eso es lo primero que yo me doy cuenta. Cuando yo siento que ya no quiero oler rico, que no me quiero bañar, ahí ya tenemos un problema.
Después de todo lo que pasó, ¿recuerdas el primer momento en que pensaste de verdad “qué bueno que sigo aquí”?
Alejandra: Ese momento es todos los días, cuando despierto, cuando veo que tengo una nueva oportunidad de estar aquí.
Me mueve mucho el hecho de apoyar a la asociación. Me mueve mucho el hecho de poder hacer una acción y que, aunque sea mínima, toque la vida de alguien. Me mueve mucho el hecho de que quizá no soy el ser humano perfecto, pero saber que todos los días puedo empezar una nueva historia y todos los días puedo hacer algo para ser diferente de lo que antes hice. Eso me levanta y me da mucha emoción.
Y te puedo decir que mi meta es llegar algún día a que un grupo de personas diga: “Yo la conocí cuando estuvo en el hoyo y logró levantarse y salió. Y vieras que ella se comprometió con la vida, con la gente, a ser una mejor persona”.
Esa es mi meta. Ese es como el sueño de que alguien diga eso el día que yo ya no esté.
Y el estar conociendo, mejor dicho, el estar conociendo personas nuevas, diferentes a mí, con distintos pensamientos, está padre porque podemos platicar de tantas cosas, saber diferencias y ser empáticos. Es satisfactorio.
Me ha pasado que salgo a la calle. Cerca de mi casa hay colegios y llegan los transportes escolares. Uno va así como que en la boba o pensando en el problema del día, y volteas a ver a los chiquillos que están saliendo, están en el transporte y te dicen: “Adiós, adiós, adiós”.
Y es tan lindo. Te arrebatan una sonrisa y tú dices: “Solo por eso el día de hoy valió la pena”. Porque no sabes si ellos te hicieron feliz o tú los hiciste felices. Y es tan agradable y es tan lindo.
Ya voy a llorar otra vez.
Es para mí un honor poder estar con vida el día de hoy. Por mí, para mis hijos, para mis amigos, para mis conocidos y para cada persona que realmente valora tenerme cerca.
Para mí es un honor poder seguir aquí.
Si hoy pudieras sentarte frente a esa Alejandra que aquella noche le dijo a su papá “su hija ya no puede”, ¿qué le dirías?
Alejandra: Que me perdone por el daño que le hice físico, el daño mental, el daño espiritual. Pero que eso nos sirvió para ser el ser humano que hoy somos.
Que somos una mujer estoica, que somos una mujer con mucho corazón, con una gran alma. Que todo ese dolor que está llevando en este momento se va a convertir en serenidad, en amor, mucho amor propio.
Que es grande. Que yo sé que va a salir adelante y que nada de lo que vivió ni pasó fue su culpa. Simplemente ella trataba de sobrevivir en un lugar que no fue hecho para ella.
Y que al final va a encontrar a grandes personas que el día de hoy, a estirones, empujones, pero con mucho amor, están al lado de ella.
Y que nunca, nunca deje de creer en ella. Que luche, porque todo se va a recompensar.
Ale, te agradezco muchísimo que hayas confiado en mí para contarme todo esto, porque sé que hubo momentos de esta conversación que te llevaron a lugares que no son fáciles de volver a mirar.
Pero también creo que hoy estamos hablando con una Alejandra completamente distinta. Y me quedo mucho con algo que dijiste: que para ti es un honor seguir aquí.
Después de escuchar toda tu historia, creo que esa frase adquiere otro peso.
Gracias por hablar de lo que dolió, por hablar de lo que todavía duele y, sobre todo, por permitirnos contar qué pasó después. Porque tu historia no termina en aquel 11 de febrero.
Estamos aquí, 10 de septiembre de 2026, hablando contigo.
Gracias, Ale.
Hay días en los que el dolor se nota. Y hay otros en los que puede esconderse detrás de una comida con amigos, una fotografía o una sonrisa.
La historia de Alejandra no nos enseña a adivinar lo que alguien está viviendo. Nos recuerda algo quizá más sencillo y más difícil a la vez: preguntar, escuchar y tomar en serio cuando alguien dice que ya no puede.
Hace tres años, Alejandra hizo una llamada.
Hoy dice que estar viva es un honor.
Y quizá esa sea la parte de su historia que más vale la pena escuchar: después del peor día todavía puede haber un día siguiente.


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