Fui por nostalgia a ver El diablo viste a la moda 2 y salí con una crisis existencial
Por: Raúl Niño Juárez.
Esta semana cumplí cuarenta y siete años, y un día antes fui a ver “El diablo viste a la moda 2”. Debo confesar que soy tremendo fanático, y que esperaba una entrega que me hiciera encontrarme con personajes familiares, con los que me he encariñado a lo largo de las decenas de veces que he visto la primera parte, y que me dejara una sensación de nostalgia y confort. Pero la verdad es que me regaló preguntas que me han resonado desde entonces.
La primera vez que vimos a Miranda, en el 2006, se aparecía como una figura enigmática, hasta cierto punto violenta, capaz de desatar un caos entre sus trabajadores. Caminatas apresuradas y manos que escondían comida, otras que alcanzaban a calzarse zapatos lujosos y que fingían una postura de glamour alebrestado mientras la recibían con un silencio sepulcral al abrirse el ascensor. Una verdadera jefa, un ícono, la voz mandante y dueña omnipotente de una industria que no permitía fallas: la industria de la imagen, de la moda, de la apariencia.
Pero veinte años después, y en cuanto vi a la señora Priestly, supe que cargaba una cuestión que reconocí como mía también y que me ha quitado el sueño en muchas ocasiones: ¿Cómo diablos hago para transitar en este mundo que se siente cada vez menos mío? Menos tradicional, menos “yo”.
Porque la película, de una manera muy inteligente, nos entrega una historia con una estructura idéntica a la primera parte, con los mismos elementos dramáticos, una especie de “viaje del héroe” donde una heroína logra vencer protocolos que le son ajenos y culmina en una conexión redentora con nuestra villana.
Pero dicha estructura no trató, ni por poco, de esconder un trasfondo de crítica contra el edadismo, contra la vertiginosa desconexión entre millones de mentes que hoy en día tienen el poder al alcance de un “me gusta”, de un scroll infinito, de una inteligencia artificial que mide y estadifica nuestras vidas en simples views.
Y es en ese aspecto en que Miranda, con todo y su edad, está más vigente que nunca. Porque la vigencia la encontramos en la gran cantidad de gente que nos identificamos con ella. Las personas que tratamos de resistirnos a la idea de que este mundo ya no les corresponde a los que deseamos tomarnos el tiempo para terminar una idea, sin tener que swipear la imagen y encontrarnos con una historia que no es historia y que nos enseña cómo pelan un melón mientras alguien más nos describe su peor cita amorosa.
Ya no nos pertenece, pero no nos acaban de desterrar de él. Porque, al igual que Miranda, nos construimos una página de Facebook o Instagram y jugamos a entrar en la dinámica de mostrar lo que no existe. Al igual que a Miranda, alguien nos regaña si somos políticamente incorrectos y decimos “joto” y “naco” a quien es homosexual y de gustos estéticos distintos a los nuestros. Porque nos frustramos si no nos dieron corazoncitos a la publicación en donde mostramos cómo nos tomamos un café ridículamente caro y ridículamente genérico. Nos aferramos al mundo en el que no crecimos… quizá por la única razón de que seguimos vivos.
La película habla de cómo una publicación editorial es capaz de subsistir en un universo en donde ya casi nadie quiere leer lo verdaderamente humano, y nos sugiere que, tal vez, lo verdaderamente humano simplemente ha cambiado de forma. El paradigma del entretenimiento en la actualidad contiene lenguajes que confrontan a los que conocíamos y, como consecuencia, si se me permite el ejemplo extremo, probablemente la nueva forma de belleza es una imagen realizada con inteligencia artificial en donde lucimos como estrellas de cine… en una portada de una revista… una revista que ya nadie lee.
Sin tratar de spoilear nada, más que las ganas de salir corriendo en cuanto vemos actuar a Lady Gaga, la película nos sigue mostrando la belleza de un mundo que le pertenece a muy pocas personas. Al final, Miranda mantiene su imperio, como solo en las películas sería capaz de mantenerlo. Porque en la realidad, dicho mundo no existe. Ha quedado atrás como las grandes épocas doradas del cine o la radio. Las fotos, los desfiles y el lujo están a un comando de ChatGPT de distancia. En la realidad, Miranda se habría quedado sin Runway, sin poder y hasta sin seguidores.
Y quienes se lo hubiéramos quitado todo seríamos precisamente los que no tenemos acceso a ese mundo, pero que siendo millones y estando armados detrás de un celular, con el poder de nuestras conversaciones y dislikes, tenemos en la actualidad más poder que el que hayamos tenido nunca. La consciencia de comunidad y el algoritmo son los nuevos dioses.
Así que cumplir cuarenta y siete años y celebrarlo viendo la segunda parte de una de mis películas favoritas me dio más preguntas que certezas. La figura de Miranda Priestly dejó de ser la villana a vencer y se convirtió en una persona desesperada por encontrar lo que todos, con el paso de los años, pensábamos que encontraríamos: un mundo de estabilidad que dominaríamos por fin. Y la verdad es que, para bien o para mal, al acercarnos a la última parte de nuestras vidas solo descubrimos lo que nos negábamos a reconocer: no existe un mundo conquistado para siempre; seguimos empezando de cero, una y otra vez.
