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Junio: Orgullo, memoria y resistencia

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Por Rod Torres Rmz “El Gober”

Para muchas personas, junio es un mes de celebración. Se llenan las calles de colores, aparecen banderas arcoíris en instituciones públicas y privadas, y las redes sociales se llenan de mensajes de inclusión. Sin embargo, como hombre bisexual y como integrante de una organización que trabaja por los derechos humanos y la dignidad de las personas LGBTQ+, considero que reducir junio a una simple celebración es ignorar una realidad histórica profundamente dolorosa.

El Mes del Orgullo no nació de una fiesta. Nació de la persecución.

Junio es históricamente importante porque recuerda la resistencia de personas que durante décadas fueron perseguidas por existir. Personas que fueron encarceladas, golpeadas, expulsadas de sus trabajos, rechazadas por sus familias, sometidas a tratamientos médicos forzados y asesinadas simplemente por amar o ser diferentes a lo que la sociedad consideraba aceptable.

Durante gran parte de la historia moderna, la homosexualidad fue considerada un delito en numerosos países. Miles de personas fueron encarceladas por mantener relaciones consensuadas con personas de su mismo sexo. En otros lugares fueron catalogadas como enfermas mentales y sometidas a procedimientos humillantes e inhumanos. No estamos hablando de la Edad Media; estamos hablando del siglo XX e incluso del siglo XXI.

Las revueltas de Stonewall de 1969, que dieron origen al movimiento moderno del orgullo, fueron una respuesta al abuso policial sistemático. Personas trans, lesbianas, gays, bisexuales y otras identidades diversas se cansaron de vivir bajo el miedo permanente. Se cansaron de ser arrestadas por entrar a un bar, por bailar con alguien de su mismo sexo o simplemente por existir en espacios públicos. El orgullo nació como una protesta contra la violencia institucional.

Por eso me preocupa cuando escucho que el orgullo ya no es necesario o que las personas LGBTQ+ tienen los mismos derechos que todos. Esa afirmación ignora una realidad mundial que sigue siendo alarmante.

Actualmente existen países donde las relaciones entre personas del mismo sexo continúan siendo criminalizadas. En algunos de ellos las condenas incluyen años de prisión. En otros, incluso existe la pena de muerte. Mientras algunas sociedades discuten sobre inclusión laboral o representación política, hay personas que aún viven con el temor de ser encarceladas o ejecutadas por su orientación sexual o identidad de género.

La persecución política tampoco es una página cerrada de la historia. En distintas partes del mundo, gobiernos y movimientos extremistas utilizan a las personas LGBTQ+ como chivos expiatorios para movilizar el miedo y la intolerancia. Se promueven leyes restrictivas, se censura información sobre diversidad sexual y se construyen discursos que presentan a nuestras comunidades como una amenaza social. La historia demuestra que cuando un grupo es señalado como enemigo interno, la violencia suele aumentar.

Las cifras de asesinatos son otro recordatorio brutal de por qué junio sigue siendo necesario. Las personas transgénero, especialmente las mujeres trans, continúan enfrentando niveles desproporcionadamente altos de violencia y homicidios. Muchas veces estos crímenes quedan impunes o ni siquiera son investigados adecuadamente. Detrás de cada estadística existe una vida truncada, una familia rota y una comunidad que vuelve a sentir miedo.

Tampoco podemos ignorar la existencia de las llamadas terapias de conversión. Aunque numerosos organismos de salud han demostrado que la orientación sexual y la identidad de género no son enfermedades, todavía existen lugares donde se intenta “corregir” a las personas mediante coerción psicológica, aislamiento, violencia emocional e incluso agresiones físicas. El simple hecho de que estas prácticas sigan existiendo debería ser suficiente para entender que la lucha por la igualdad aún está lejos de concluir.

Desde una perspectiva de acción afirmativa, el orgullo no busca privilegios. Busca equilibrar una balanza históricamente desigual. Las acciones afirmativas surgen precisamente porque ciertos grupos han sido excluidos sistemáticamente de oportunidades, representación y protección. Reconocer esta realidad no divide a la sociedad; al contrario, permite construir una sociedad más justa.

Las personas LGBTQ+ no partimos históricamente desde el mismo punto que el resto. Hemos enfrentado barreras específicas que han limitado nuestro acceso a derechos fundamentales. Por ello, las políticas de inclusión, educación en diversidad y protección contra la discriminación no son concesiones especiales. Son mecanismos para corregir desigualdades reales.

Pero también debemos ser críticos. El orgullo corre el riesgo de convertirse en una campaña de marketing cuando olvidamos sus raíces. Las empresas pueden cambiar sus logotipos durante junio mientras guardan silencio frente a la discriminación. Los gobiernos pueden publicar mensajes de apoyo mientras continúan sin garantizar justicia para las víctimas de crímenes de odio. La inclusión verdadera no se mide por los colores de una campaña publicitaria, sino por las políticas, los presupuestos y las acciones concretas.

Como hombre bisexual, también reconozco que incluso dentro de la diversidad existen desafíos pendientes. La bisexualidad continúa enfrentando invisibilización, estigmas y prejuicios tanto fuera como dentro de la comunidad LGBTQ+. Muchas personas siguen cuestionando nuestra identidad o considerándola una etapa temporal. Por eso el orgullo también debe ser un espacio para reconocer todas las experiencias y todas las voces.

Junio es importante porque nos obliga a recordar. Recordar a quienes fueron encarcelados. Recordar a quienes fueron expulsados de sus hogares. Recordar a quienes murieron sin poder vivir abiertamente. Recordar a quienes siguen enfrentando persecución en distintas partes del mundo.

El orgullo no existe porque la lucha haya terminado. Existe precisamente porque todavía hay personas que no pueden vivir con libertad. Existe porque aún hay quienes son despedidos, discriminados, golpeados o asesinados por ser quienes son. Existe porque la dignidad humana no debería depender de la orientación sexual, la identidad de género o la expresión de género de una persona.

Para mí, junio no es solamente un mes de celebración. Es un mes de memoria, resistencia y compromiso. Es el recordatorio de que los derechos conquistados pueden perderse si dejamos de defenderlos. Y es también la oportunidad de reafirmar una convicción fundamental: que toda persona merece vivir con libertad, seguridad y dignidad, sin importar a quién ame o cómo decida vivir su identidad.