Las tres Marías y la promesa de que sufrir valía la pena.
Por: Raúl Niño Juárez
Salir de pobre, casarse con el guapo y dejar a quienes te humillaron retorciéndose de coraje. La felicidad en las telenovelas de Thalía tenía objetivos bastante concretos.
Quienes seguíamos sus desgracias queríamos llegar a ese momento. Después de tanto sufrimiento, lo mínimo era una mansión.
María Mercedes, Marimar y María la del barrio convirtieron a la muchacha humilde en protagonista de una fantasía irresistible. Podía tener hambre, carecer de educación o entrar por la puerta de servicio, pero nosotros sabíamos algo que los habitantes de aquellas casas todavía ignoraban.
Y tarde o temprano iban a enterarse.
Ahí estaba buena parte del placer de verlas. Los ricos tenían que tragarse su desprecio y reconocer el valor de aquella muchacha a la que habían tratado como poca cosa.
El problema estaba en las condiciones de aquella recompensa.

Las Marías tenían que pasar por una cantidad extraordinaria de humillaciones para llegar a la felicidad. El sufrimiento alimentaba los capítulos y también parecía acreditar su derecho a un futuro mejor. Cada injusticia aumentaba una deuda que el desenlace terminaría pagando.
Vista desde hoy, esa lógica resulta familiar. Aparece cuando sentimos que una relación tiene que funcionar porque ya le dedicamos demasiados años. Cuando esperamos que alguien nos quiera después de todo lo que hicimos por él. Cuando pensamos que haber sufrido mucho debería garantizarnos, por fin, una buena vida.
Las telenovelas no inventaron esa esperanza, pero encontraron una forma espléndida de vestirla, musicalizarla y llevarla hasta una boda.
También había una contradicción deliciosa en su manera de representar la pobreza. El origen humilde hacía de las protagonistas personas nobles, auténticas y generosas. Sin embargo, el final que deseábamos para ellas consistía en dejar de ser pobres.
Y para instalarse en ese otro mundo había que aprender sus reglas. El cambio de ropa, los modales y la manera de hablar formaban parte de la transformación.
Podríamos preguntarnos por qué el reconocimiento llegaba tan ligado a adquirir la apariencia de quienes antes las despreciaban.
La muchacha merecía respeto desde el primer capítulo, aunque todavía nadie le hubiera enseñado a sentarse a la mesa.
El amor completaba la promesa. Encontrar pareja y ascender socialmente aparecían entrelazados dentro de una misma idea de realización. Las diferencias entre las tres historias importan, pero juntas permiten reconocer una fantasía persistente.

Por eso la victoria tenía un límite. Una María podía escapar de la pobreza, mientras el orden que permitía humillarla seguía bastante cómodo.
Nada de esto cancela el gusto de volver a verlas. Thalía, las villanas y aquellos excesos siguen ofreciendo un placer que no necesita disculpas. Además, para mucha gente debió ser reconfortante ver a una mujer despreciada ocupar el centro de la historia y exigir que la tomaran en cuenta.
Pero entre una humillación y el vestido de novia quedaba sembrada una expectativa que merece revisión.
Quizá por eso sus finales todavía nos satisfacen tanto.
Durante unos minutos existe un mundo donde las injusticias se cobran, el amor llega y el dinero deja de ser una preocupación.
Luego terminan los créditos y nos toca preguntarnos cuánto tiempo llevamos esperando que nuestra vida haga lo mismo.
