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Mi historia como hombre bisexual: el largo camino hacia ser quien soy

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Por: Rod Torres “El Gober”

Hay historias que comienzan con una certeza. La mía comenzó con preguntas.

Nací y crecí en un pequeño pueblo de Tamaulipas, en un entorno donde las reglas parecían estar escritas mucho antes de que cualquiera de nosotros pudiera cuestionarlas. Desde muy joven entendí cuál era el camino que se esperaba de mí: crecer, estudiar, trabajar, casarme con una mujer, formar una familia y convertirme en proveedor. Era la ruta tradicional. La única que parecía existir.

Sin embargo, desde mis primeros recuerdos de adolescencia, algo dentro de mí me decía que mi historia sería distinta.

Cuando entré a la secundaria comenzó el despertar de mi curiosidad afectiva y sexual. Mientras muchos de mis compañeros parecían tener claro qué les gustaba y hacia dónde dirigían sus emociones, yo vivía una realidad mucho más compleja.

Siempre fui de complexión pequeña. Recuerdo perfectamente que mientras algunos compañeros de segundo y tercer grado ya parecían hombres adultos, altos, fuertes, con barba y una seguridad que yo admiraba, yo seguía siendo aquel muchacho de baja estatura que observaba el mundo intentando comprenderse a sí mismo.

Y entonces comenzó el conflicto.

Sentía atracción por algunos de esos chicos. Me llamaban la atención. Quería estar cerca de ellos. Los observaba con admiración y con una emoción que no lograba nombrar. Pero al mismo tiempo también me atraían las chicas. Las veía hermosas, delicadas, inteligentes y profundamente interesantes.

No entendía por qué me gustaban ambos.

En aquella época no tenía las herramientas para explicarlo. Ni siquiera conocía la palabra bisexualidad. Lo único que conocía eran las palabras que utilizaba la sociedad para señalar, juzgar o ridiculizar: “maricón”, “joto”, “homosexual”.

Por eso, cada emoción que sentía venía acompañada de culpa, miedo y confusión.

Mientras algunos compañeros comenzaban a experimentar sus primeras relaciones, yo intentaba descifrar qué estaba pasando dentro de mí. Tenía novia. Aparentemente llevaba una vida normal para los estándares de la época. Sin embargo, por dentro existía una batalla constante entre lo que sentía y lo que creía que debía sentir.

Con el paso de los años comprendí que aquello no era solamente admiración estética.

Lo que experimentaba hacia hombres y mujeres era deseo.

Era atracción.

Era una parte auténtica de mí.

Mi primera experiencia sexual fue con una mujer y fue una experiencia satisfactoria. Sin embargo, aun después de vivirla, seguía existiendo una sensación de vacío. No porque aquella experiencia hubiera sido incorrecta, sino porque todavía había una parte de mí que permanecía sin explorar y sin comprender.

Y entonces ocurrió algo que cambiaría mi vida.

Tuve mis primeros acercamientos con otros hombres.

Aquellas experiencias llegaron acompañadas de una enorme carga emocional. Durante mucho tiempo me sentí culpable. Había crecido escuchando que aquello estaba mal. Había aprendido que existía una única forma correcta de amar, de desear y de relacionarse.

Pero la realidad era más fuerte que cualquier norma social.

Los sentimientos estaban ahí.

Los deseos estaban ahí.

Y, sobre todo, las emociones estaban ahí.

Poco a poco fui comprendiendo que aquello que sentía no era una etapa pasajera ni una confusión. Era una parte legítima de quien era.

Sin embargo, todavía faltaba mucho camino por recorrer.

Durante años creí que era homosexual porque desconocía completamente la existencia de la bisexualidad como identidad. No sabía que dentro de la diversidad sexual existía un espectro tan amplio y tan diverso de experiencias humanas.

Fue hasta la universidad cuando tuve acceso a más información, más contextos y más herramientas para entenderme.

Por primera vez escuché hablar de bisexualidad.

Por primera vez encontré palabras para describir lo que había vivido durante tantos años.

Por primera vez comprendí que no estaba solo.

Y, quizás más importante aún, comprendí que no había nada malo en mí.

Ese descubrimiento no resolvió automáticamente todos mis conflictos. De hecho, abrió nuevas preguntas y nuevos desafíos.

Porque entender quién era no significaba necesariamente saber cómo vivir esa realidad.

Durante mucho tiempo intenté ocultar partes de mí mismo. No fui completamente honesto ni con algunas mujeres ni con algunos hombres que formaron parte de mi vida. No porque quisiera engañar o lastimar, sino porque yo mismo seguía luchando por aceptarme.

Y cuando una persona no puede mostrarse auténticamente ante sí misma, inevitablemente termina afectando a quienes la rodean.

Con el paso de los años entendí que el verdadero desafío no había sido el despertar sexual.

El verdadero desafío fue el despertar emocional.

Porque descubrir que puedes sentir atracción por más de un género es una cosa.

Pero enamorarte es otra completamente distinta.

Enamorarte de personas diferentes mientras intentas esconder una parte de tu realidad genera un sufrimiento silencioso. Quieres proteger a quienes amas. Quieres evitarles dolor. Sin embargo, muchas veces terminas causando precisamente aquello que intentabas evitar.

Yo también cometí errores.

Errores que lastimaron a personas importantes en mi vida.

Y fue precisamente una de esas heridas la que terminó provocando uno de los momentos más difíciles y transformadores de mi historia.

Me sacaron del clóset.

No fue una decisión que tomé voluntariamente. Fue un proceso que me fue arrebatado.

Y aunque hoy reconozco que fue una experiencia profundamente dolorosa, también reconozco que marcó un antes y un después.

Porque después de aquel momento ya no pude seguir escondiéndome.

Tuve que enfrentarme a mí mismo.

Tuve que asumir quién era.

Tuve que nombrar mi realidad.

Y entonces ocurrió algo inesperado.

Respiré.

Por primera vez sentí que podía dejar de correr.

Por primera vez dejé de cargar el peso de intentar ser alguien distinto.

Por primera vez pude decir en voz alta:

“Soy un hombre bisexual”.

Esa afirmación transformó mi vida.

No porque resolviera todos mis problemas, sino porque me permitió comenzar a vivir desde la honestidad.

Con el tiempo también descubrí algo más sobre mí.

Aunque puedo experimentar atracción física y sexual hacia hombres y mujeres, emocionalmente mi capacidad de vinculación profunda se desarrolla de manera distinta. Descubrí que podía enamorarme profundamente de hombres y construir relaciones afectivas sólidas con ellos.

Entender esto me ayudó a comprender que las experiencias bisexuales no son idénticas para todas las personas.

Cada bisexualidad es única.

Cada historia es diferente.

Cada proceso merece ser respetado.

Lamentablemente, incluso dentro de la propia comunidad LGBTQ+, la bisexualidad sigue enfrentando invisibilidad y prejuicios.

Muchas personas continúan creyendo que ser bisexual es una etapa temporal antes de declararse gay o lesbiana.

Otras consideran que la bisexualidad es indecisión.

Algunas incluso niegan completamente nuestra existencia.

Pero existimos.

Siempre hemos existido.

Existimos hombres bisexuales.

Existen mujeres bisexuales.

Existen personas bisexuales con historias tan diversas como la propia humanidad.

Somos parte de la diversidad.

Somos parte de la comunidad.

Y nuestras experiencias son válidas.

Hoy puedo decir que soy un hombre felizmente casado con otro hombre.

He aprendido a construir relaciones desde la honestidad, la comunicación y el respeto.

También he descubierto nuevas formas de entender los vínculos humanos, incluyendo el poliamor y otras maneras de relacionarnos afectivamente que me han permitido comprender mejor mis emociones y mis necesidades.

Sin embargo, más allá de las etiquetas, lo más importante ha sido aprender a vivir con autenticidad.

Porque durante muchos años creí que la felicidad estaba al final de un camino impuesto por otros.

Hoy sé que la felicidad comienza cuando dejamos de pedir permiso para ser quienes somos.

Si algo he aprendido en este recorrido es que la aceptación no ocurre de un día para otro.

Es un proceso.

A veces lento.

A veces doloroso.

A veces profundamente solitario.

Pero también es liberador.

Y si alguien está leyendo estas palabras mientras atraviesa dudas, miedos o incertidumbres sobre su identidad, quiero decirle algo que hubiera necesitado escuchar cuando era adolescente.

No estás solo.

No eres la única persona que ha sentido esto.

No estás roto.

No necesitas convertirte en alguien diferente para merecer amor.

Tu historia tiene valor.

Tu identidad tiene valor.

Tus emociones tienen valor.

Quizás el camino no sea sencillo. El mío no lo fue.

Quizás haya momentos de dolor, rechazo o incomprensión.

Pero también llegarán personas que te amarán exactamente por quien eres.

Llegarán espacios donde podrás respirar libremente.

Llegarán días en los que mirarás hacia atrás y comprenderás que cada paso valió la pena.

Si pudiera volver a empezar, volvería a elegir ser exactamente quien soy.

Con todas las dificultades.

Con todos los aprendizajes.

Con todas las heridas y todas las alegrías.

Porque ser bisexual no es una etapa de mi vida.

Es parte de mi historia.

Es parte de mi identidad.

Es parte de mí.

Y hoy puedo decirlo con orgullo, con tranquilidad y con la certeza que sólo dan los años de autoconocimiento:

Existimos.

Estamos aquí.

Amamos.

Aprendemos.

Crecemos.

Y, sobre todo, seguimos construyendo versiones más libres, más honestas y más humanas de nosotros mismos.