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Trastornos alimenticios: cuando la relación con la comida también habla de salud mental

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Comer debería ser una de las cosas más naturales de la vida. Nos reunimos alrededor de la mesa, celebramos con comida, recordamos sabores de la infancia, compartimos afecto a través de un plato. Pero para muchas personas, comer deja de ser algo simple y se convierte en una fuente de miedo, culpa, control o angustia.

Los trastornos alimenticios no son una moda, una exageración ni una forma de llamar la atención. Son problemas serios de salud física y mental que afectan la manera en que una persona se relaciona con la comida, con su cuerpo y consigo misma. A veces se ven desde fuera; otras veces se esconden detrás de una sonrisa, una dieta aparentemente saludable o una frase como “ya comí”.

De acuerdo con instituciones como el Instituto Nacional de Salud Mental de Estados Unidos y la Asociación Americana de Psiquiatría, los trastornos de la conducta alimentaria implican alteraciones persistentes en la forma de comer, acompañadas muchas veces por preocupación intensa por el peso, la figura corporal o la comida. No se trata solo de comer poco o comer mucho. Se trata de sufrimiento.

No siempre se nota

Una de las ideas más peligrosas sobre los trastornos alimenticios es pensar que siempre son evidentes. Muchas personas imaginan que alguien con anorexia tiene que verse extremadamente delgado, que alguien con bulimia siempre vomita después de comer o que quien tiene atracones simplemente “no tiene fuerza de voluntad”. La realidad es más compleja.

Una persona puede tener un trastorno alimenticio y verse “normal” ante los demás. Puede ir a la escuela, trabajar, salir con amigos, publicar fotos, hacer ejercicio y aun así vivir atrapada en una relación dolorosa con la comida. Muchas veces el problema no empieza con una crisis evidente, sino con pequeños cambios: contar calorías de forma obsesiva, sentirse culpable después de comer, evitar reuniones donde habrá comida, pesarse varias veces al día o pensar constantemente en cómo se ve el cuerpo.

En México, la ENSANUT Continua 2022 reportó que 1.6% de adolescentes presentaban alto riesgo de trastorno de la conducta alimentaria, con mayor proporción en mujeres, adolescentes de 14 a 19 años y zonas urbanas. Aunque la cifra pueda parecer pequeña, detrás de cada porcentaje hay historias de jóvenes que pueden estar sufriendo en silencio.

Anorexia nerviosa: el control que se vuelve prisión

La anorexia nerviosa suele asociarse con dejar de comer, pero va más allá. Se caracteriza por una restricción importante de alimentos, miedo intenso a subir de peso y una alteración en la manera en que la persona percibe su cuerpo.

Para quien la padece, bajar de peso puede sentirse al principio como un logro. Los comentarios externos —“te ves muy bien”, “qué fuerza de voluntad”— pueden reforzar la conducta. Pero poco a poco el control se vuelve prisión. La comida empieza a vivirse con temor, el cuerpo nunca parece suficiente y la salud comienza a deteriorarse.

Puede haber cansancio, mareos, pérdida de masa muscular, alteraciones hormonales, problemas cardíacos, irritabilidad, aislamiento y tristeza. No es vanidad. No es disciplina extrema. Es una enfermedad que necesita atención.

Bulimia nerviosa: el ciclo secreto de culpa y compensación

La bulimia nerviosa suele funcionar como un ciclo. Primero aparece un episodio de atracón, en el que la persona siente que pierde el control al comer. Después viene la culpa, la vergüenza y la necesidad de “compensar” mediante vómito autoinducido, laxantes, ayunos prolongados o ejercicio excesivo.

Una de las razones por las que la bulimia puede pasar desapercibida es que la persona no necesariamente baja mucho de peso. Puede tener un peso considerado normal y aun así estar en riesgo. Las consecuencias pueden incluir alteraciones electrolíticas, problemas del corazón, daño dental, inflamación de glándulas salivales, molestias gastrointestinales, ansiedad y depresión.

La bulimia se vive muchas veces en secreto. Por eso, más que regaños o vigilancia, la persona necesita un espacio seguro para hablar sin sentirse juzgada.

Trastorno por atracón: no es falta de voluntad

El trastorno por atracón se caracteriza por episodios recurrentes en los que la persona come una cantidad importante de alimentos con sensación de pérdida de control. A diferencia de la bulimia, no suelen presentarse conductas compensatorias regulares como el vómito o el abuso de laxantes.

Después del atracón puede venir una ola de culpa, vergüenza, tristeza o aislamiento. Muchas personas comen a escondidas, evitan hablar del tema y sienten que el problema es culpa suya. Pero no es falta de carácter ni flojera. Es un trastorno reconocido que requiere tratamiento.

El estigma alrededor del peso hace que muchas personas con atracones sean juzgadas en lugar de ser acompañadas. Y eso puede empeorar el problema.

ARFID: cuando evitar comer no tiene que ver con el peso

Existe otro trastorno menos conocido: el trastorno evitativo/restrictivo de la ingesta alimentaria, conocido como ARFID. En este caso, la persona evita ciertos alimentos o restringe su alimentación no necesariamente por miedo a subir de peso, sino por rechazo intenso a texturas, olores, sabores o por temor a atragantarse, vomitar o sentirse mal.

Puede presentarse en niñas, niños, adolescentes y adultos. A veces se confunde con “ser quisquilloso para comer”, pero cuando afecta la nutrición, el crecimiento, el peso, la salud o la vida social, necesita atención profesional.

¿Por qué aparecen?

No hay una sola causa. Los trastornos alimenticios suelen surgir de una combinación de factores biológicos, psicológicos, familiares, sociales y culturales. Puede haber antecedentes de ansiedad, depresión, perfeccionismo, baja autoestima, trauma, bullying, comentarios constantes sobre el cuerpo, dietas restrictivas o presión por cumplir con ciertos ideales de belleza.

Las redes sociales también pueden influir. Vivimos rodeados de cuerpos editados, filtros, rutinas extremas, dietas milagro y mensajes que confunden salud con apariencia. En ese contexto, muchas personas aprenden a mirar su cuerpo como un proyecto que siempre debe corregirse.

Pero ningún cuerpo debería ser una fuente permanente de vergüenza. Y ninguna comida debería sentirse como una prueba moral.

Señales de alerta

Hay señales que conviene tomar en serio: saltarse comidas, miedo intenso a subir de peso, dietas muy estrictas, culpa después de comer, atracones, comer a escondidas, visitas frecuentes al baño después de comer, ejercicio compulsivo, uso de laxantes o diuréticos sin indicación médica, cambios bruscos de peso, mareos, cansancio, irritabilidad, tristeza, aislamiento o comentarios constantes de rechazo hacia el propio cuerpo.

También es importante observar si la persona empieza a organizar toda su vida alrededor de la comida: qué comer, cuánto comer, cómo compensar, cómo evitar reuniones o cómo ocultar lo que está pasando.

El cuerpo también paga el precio

Los trastornos alimenticios pueden afectar casi todos los sistemas del cuerpo. Pueden provocar desnutrición, anemia, alteraciones hormonales, pérdida de masa muscular, problemas cardíacos, alteraciones del ritmo del corazón, daño renal, trastornos gastrointestinales, deterioro dental, osteoporosis, debilidad y desmayos.

Pero también afectan la mente y la vida diaria. Pueden acompañarse de ansiedad, depresión, aislamiento, vergüenza, conflictos familiares, bajo rendimiento escolar o laboral, autolesiones o ideas suicidas. Por eso deben tomarse en serio desde el inicio, no hasta que la situación sea extrema.

Pedir ayuda a tiempo cambia el camino

No hay que esperar a que la persona “toque fondo”. Esa idea puede ser peligrosa. Mientras antes se detecta y se atiende un trastorno alimenticio, mejores pueden ser las posibilidades de recuperación.

El tratamiento puede incluir psicoterapia, acompañamiento nutricional, valoración médica, intervención familiar y manejo de otros problemas como ansiedad o depresión. Las guías clínicas del NICE recomiendan tratamientos psicológicos específicos para los trastornos alimentarios y un abordaje adaptado al diagnóstico, la edad y el nivel de riesgo.

Recuperarse no significa simplemente “comer normal”. Significa reconstruir la relación con la comida, con el cuerpo y con la propia historia. Es un proceso, y nadie debería hacerlo en soledad.

Cómo acompañar sin lastimar

Si sospechas que alguien cercano está pasando por esto, evita comentar su peso o su cuerpo. Frases como “te ves muy flaca”, “pero si no estás gorda”, “solo come”, “échale ganas” o “deja de exagerar” pueden aumentar la culpa y cerrar la conversación.

Es mejor hablar desde el cuidado: “me preocupa cómo te estás sintiendo”, “he notado que la comida te está causando angustia”, “no tienes que pasar por esto sola/solo”, “podemos buscar ayuda”. Acompañar no es vigilar ni controlar. Acompañar es abrir una puerta segura.

Cuidar el lenguaje también es prevenir

Como comunidad, podemos empezar por algo sencillo: dejar de opinar sobre cuerpos ajenos. No sabemos si una pérdida de peso se debe a una enfermedad, a una crisis emocional, a estrés o a un trastorno alimenticio. No sabemos qué hay detrás de un cambio físico.

También podemos dejar de hablar de la comida como pecado, premio o castigo. La comida no debería ser enemiga. El cuerpo no debería ser una batalla diaria.

Hablar de trastornos alimenticios es hablar de salud mental, presión social, autoestima, vínculos y acompañamiento. Es recordar que la recuperación existe, que pedir ayuda no es debilidad y que toda persona merece vivir en paz con su cuerpo.

Bibliografía

American Psychiatric Association. (s. f.). What are eating disorders?

Hernández-Serrato, M. I., Villalobos-Hernández, A., et al. (2023). Prevalencia de conductas alimentarias de riesgo en adolescentes mexicanos. ENSANUT Continua 2022. Salud Pública de México.

National Institute of Mental Health. (s. f.). Trastornos de la alimentación: lo que debe saber.

National Institute for Health and Care Excellence. (2017). Eating disorders: recognition and treatment. NICE guideline NG69.

Valle, A. (2019). Trastornos de la conducta alimentaria. Revista Médica del Instituto Mexicano del Seguro Social.